Dead Brides for Sale

Tolerance Zone 6                                                                 

 

Red Light District, Ensenada, Baja California  

Night must fall in the Tolerance Zone, the same way it does everywhere. Tonight it fell hard. I watched the shipping crate in the bed of the Escalade pickup parked behind the cantina: the crate filled with the ripe kumquats—three snuffed mail-order brides—that Yee Chung Toy tried to smuggle from Guangdong province to Veracruz, then across Mexico, through Ensenada, and into San Francisco.

Tried and failed. Those kumquats would have brought a nice price from some stodgy middle-aged Chinese businessman: a limping fishmonger, a balding importer of black fungus. Real cozy. But this fruit was spoiled, tainted, gone way wrong on the way over. When I opened the crate on the cargo ship—the captain knew something was not right by the stench—they were in there: fifteen, sixteen years old, not wearing a hot stitch, dead as sardines in a tin can.

The crate was intercepted en route from Yee’s freight forwarder and some adjustments had been made to the contents: one of the girls was missing a kidney. Yee Chung Toy hired me to find out who did the adjusting— for starters—the why would come later.

I did a return to sender on the crate, left it on the beach in Ensenada where it came aboard the cargo ship. The crate was out of place, awkward, leaning over on its side on a ledge of sand that had been hollowed out by last night’s high tide. It would attract attention—maybe unwanted attention if the cops asked someone up in the shantytown overlooking the beach if they’d seen anything unusual…seen anybody…a couple of nights ago.

Now I followed the Mexicans in the Escalade—the two matones with big mustaches who’d reclaimed the crate—in a cloud of dust on the road coming up from the beach, over to the main highway into town, and back to the cantina. I checked in at the Hotel Hot Lips across the street from the rear entrance to the cantina and waited.

Two Chevy Suburbans bracketing a white Mercedes moved slowly down the street and pulled into the lot behind the cantina. A swanky vato thug got out of the car—ponytail, baggy suit, sunglasses—shadowed by his entourage with AR-15 rifles and flak jackets.

I ducked out for a minute and made my way down the hall to the immoral toilet. When I came back to the room and looked out the window, somebody had closed the gates to the parking lot. But I still had a clear view from my perch of the two bodyguards dressed in yellow plastic coveralls coming out the back door. They wrestled the crate down from the bed of the pickup and pried it open with a crowbar.

The chainsaw made a high-pitched whirring sound, then a few put-put-puts. One of the bodyguards went to work carving up a virgin bride. First the hands came off. The head went next. The severed body parts were thrown into a plastic tub. The stumped carcass was quartered and chucked into the back of the Escalade. The surgeon’s coveralls were transformed by the spray—a tequila sunrise—yellow on top, orange highlights bleeding into red on the way down to his gore-soaked cowboy boots.

In a spin blood is that spin I’m in under that old black magic of my overloaded circuits…shorting out…ragged insulation…smoking…vibrating…a silent movie running through a defective projector…the bloody plastic tub…the severed heads…the delicate hands…that fifty-gallon vat in the corner of the parking lot…cloud of white mist wafting up from the acid bath. . .

I was on autopilot…switch on…engage remote control…sleepwalking…downstairs….out the back door of the hotel to my truck…looped around the block…found a parking place across the street from the cantina’s lot…

The wind coming in through the windows of my truck felt cool on my sweaty face. I followed the Escalade—invisibly, softly, drawn along on the breeze, snaking through downtown, out past the old cemetery, down Avenida Ojos Negros. Where the fuck are they? Cut right!—quick merge over to the ramp for the Ensenada-San Felipe Highway. Fell in a few car lengths behind them, came up to freeway speed.

Couldn’t see them as we approached the overpass…too late: Fuck!  Already passed them—I pulled over. The traffic glided by serenely in the dark. Got out of the truck and looked back down the freeway. The two matones moved nonchalantly in the soft glow of the headlights as they dumped what remained of the brides under the overpass.

This story published by Akashic Books:
http://www.akashicbooks.com/dead-picture-brides-by-kurt-mcgill/

(Spanish companion piece continues…)

NOVIAS MUERTAS EN VENTA                                                      

por Kurt McGill

Barrio Rojo, Ensenada, Baja California, México

Noche debe caer en la zona de tolerancia, de la misma manera que lo hace en todas partes. Esta noche cayó con fuerza. Miré a la caja de transporte en la cama de camioneta Escalade aparcada detrás de la cantina, la caja llenada de las naranjas chinas maduras—tres novias por correo—que Yee Chung Toy había tratado pasar de contrabando desde provincia de Cantón hasta Veracruz, a través de México, por Ensenada, y después al puerto de San Francisco.

Él intentó y fracasó. Las novias habrían llevado un buen precio desde los chinos viejos, un dueño jubilado de tienda de mascotas, quizás un importador de hongo negro. Acogedor. Pero esta fruta se echó de perder, podrida. Cuando abrí la caja en el nave de carga—el capitán sabía que algo andaba mal por el hedor—ellos estaban allí: quince, dieciséis años, no llevaban una puntada, muerto como sardinas en lata.

La caja había sido interceptada en la ruta de transitorio, y algunos ajustes habían hechos a los contenidos. Para empezar, mi trabajo consistía en averiguar quién hizo el ajuste. El motivo vendría más tarde.

Devolví la caja al remitente. Lo dejé en la playa de Ensenada, donde había llegado al bordo de la nave de carga. La caja estaba fuera de lugar, torpe, apoyándose a su lado sobre una repisa de la arena que había sido excavada por la marea alta en la noche anterior. Atraería atención por—tal vez atención no deseada si la policía pidió a un residente de la barriada de casuchas con vistas a la playa si habían visto algo, alguien, hace dos noches.

Seguí los mexicanos en la Escalade—los dos mugrosos con grandes bigotes que había reclamado el cajón—en una nube de polvo en la pista que sube de la playa, hasta la carretera, y últimamente a la cantina. Me registré en el Hotel Hot Lips a través de la calle y esperé.

Dos Chevy Suburbans pusieron un Mercedes blanco entre paréntesis. Se movieron lentamente por la calle y entraron en el lote de la cantina. El Catrín salió del carro—el pelo en una cola de caballo, traje negro, gafas de sol—sombreado por su escolta en chalecos antibalas, con rifles AR-15 al hombro. Suave, chuco elegante, narco? Tal vez era un pollero, un pastor de pollos, traficante de mojados.

Me metió en el pasillo de repente y encontré el inmoral baño. Cuando regresé a la ventana alguien había cerrado las puertas de metal del lote. Pero todavía yo tenía una vista clara de los dos guardaespaldas vestidos con monos de plástico amarillo venían por la puerta trasera del cantina. Ellos lucharon abajo la caja de embalaje y la abrieron con una palanca.

La motosierra hizo un zumbido chirriante, luego unos cortos put-put-puts. Un mugroso comenzó a repartir una novia virgen. Las manos salieron primero. La cabeza seguida. Las piezas cercenadas fueron arrojadas en una tina de plástico. El cadáver de la chica fue descuartizado y se lanzó a la trasera del camión. Sus monos fueron transformados por la bruma—un tequila sunrise—amarillos en el parte superior, de color naranja y el rojo que fluyen juntos en el medio.

In a spin blood is that spin I’m in under that old black magic…sobrecargados… cortocircuito…aislamiento andrajoso…fumando…vibrando…ahora una película muda corriendo a través de un proyector defectuoso…un tina de plástico con sangre roja… deshágase de las cabezas perdidas…las manos delicadas… en tanque de cincuenta galones en la esquina de la playa del aparcamiento…entonces una nube de niebla blanca flotando sobre del tanque…

Yo estaba en piloto automático…embragar…comenzar control remoto… sonámbulo. . . abajo…por la puerta trasera a mi camioneta…haga un bucle alrededor de la cuadra… conseguí una plaza a través de la calle de la cantina…

La brisa que entraba por las ventanas de mi camión sentía fresca en mi cara sudorosa mientras seguí la Escalade—de forma invisible, murmurar, arrastrado por el viento, serpenteando a través del centro, por el antiguo cementerio, a lo largo de Avenida Ojos Negros. ¿Dónde carajo están? ¡Corte a la derecha! Rápida fusionar con la rampa de la carretera Ensenada-San Felipe. Ahora les seguí a una distancia, me acercaba la velocidad de la carretera.

Yo no podría verlos cuando nos acercamos al paso elevado. ¡Chingado! Ya pasé por ellos. Saqué rápido al lado. El tráfico se deslizó serenamente en la oscuridad. Salí de mi camión: miré atrás por la autopista. Los mugrosos se movieron por casualidad en el suave resplandor de los faros. Tiraron lo que quedaba de las novias bajo del paso elevado.

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